La velocidad mata, eso decía un letrero
de la calle. Aunque era una simple valla publicitaria, me quedé pensando y
dándole vuelta, como si se tratara de una máxima filosófica. Y he concluido que lo es. Pero en realidad no me anclé en la velocidad
de los autos atropellados por los trenes, como diría Fontanarrosa,
ni de la cantidad de accidente que ocurren a diario en las carreteras, a cuyos
conductores estaba dirigida la consigna, a aquellos que ya no ven doble por el
alcohol, ven quíntuple por la cocaína. En
Pero la velocidad
mata por todos lados. Las cajeras de los
supermercados deben hacerlo rápido, no para dar un buen servicio a la
clientela, ni para acomodar al que espera en la cola, no; simplemente para que
rinda más, para que el patrón gane más.
El tacle tacle del
teclado de las computadoras que hacen de cajas registradoras debe ser continuo
e ininterrumpido señal de que estamos ganando mucho , mucho dinero. La cajera, al igual que el mecánico de los
tiempos modernos de Chaplin, sale que los
temblores, pakinsónico.
Cuando entramos en el juego de la rapidez nos matamos, no
disfrutamos del placer cotidiano de la contemplación, de los detalles de la
vida, de la belleza de la existencia y lo que te rodea. Es como cuando caminas en invierno a –30
grados, lo haces para desplazarte de un lugar a otro y rápido antes de que te
quedes congelado en medio del camino, sin ver nada, sin importarte el vuelo de
las pocas aves que se atreven a desafiar el frío.
Cuando comes rápido, no puedes desgustar
de la variación de sabrosura de la comida, de prolongar este precioso momento.
Con la rapidez, comemos para jartarnos, para resolver un problema, para matar
el domingo, como dice Maritza López al rebasar el
momento de la pizza dominguera. Lo mismo
si te bebes un cafecito, mientras mas rápido lo haces más rápido se termina el
placer. Y si es un traguito rápido, más
otro rápido, más otro rápido pues más rápidamente acercas el momento del
llamado a Juan (el vómito). Prolongándolo,
el paseo por las nubes es más duradero, más emocionante; y si le agregas un
humito de un buen cigarro, la nube se pone más alcochada.
Si lees un libro con la rapidez anormal por querer ver
otro o leer saber el final de la historia, no
disfrutas del sabor de cada frase, que le tomó tanto al escritor para
armonizar sus ideas.
Creemos falsamente que mientras más rápido hacemos las
cosas ganamos tiempo, claro habría que
filosofar durante trescientas noventa y nueve páginas, mínimo, sobre el
tiempo, si existe, si es una ilusión etc., pero a mi me ocurre que cuando me
tomo mi tiempo en realizar una pintura, el tiempo se detiene, los días más
largos son los que paso en el taller, o jugando con los niños.
Si haces cualquier trabajo simplemente por ganarte la
vida, la rapidez es un elemento que se agrega al hastío del mismo.
Si vas a pintar un cuadro y tienes que hacerlo antes de
las 3 porque el dueño de la galería le ha hablado ya a un cliente, te jodiste,
has entrado a una face maquinaria robótica de la que
no te salva ni Chichirí. No puedo tomarme el tiempo que sea, que viene
dado por la particularidad de cada obra, dada la premura, la velocidad, la
producción en pegotes y en serie. Conocí
un caricaturista de esos que se instalan en la calle a combatir turistas, y me
dijo que él poseía el record guiness (?) de la
realización de una caricatura: un minuto y medio. Todavía me río, cada vez que me recuerdo, no
por el récord, sino por la seriedad con que el tipo me contaba la hazaña. Y esa velocidad se le impregnó a la obra de
arte poco a poco en el tiempo. Pollock podría hacer 20 obras en lo que Rembrandt
hubiese hecho una. Rembrandt
murió viejo, Pollock se fue con la misma
velocidad conque pintaba o chorriaba.
Cuando aterrizamos en el aeropuerto aplaudimos
emocionados, eufóricos, no para victorear al piloto
ni a las azafatas por el buen servicio brindado, no, aplaudimos ante el hecho
de considerarnos sobrevivientes de una hazaña de rapidez .
Si haces una película y quieres estar a tono con los
tiempos moderno debes inyectarle el fastidio de la rapidez a la cámara,
cortándole la palabra a los actores, jalándola de un lado para otro
violentamente, agregándole escenas con velocidades mayores para la supuesta
creatividad de hoy, contribuirás a que le suba la adrenalina al espectador tal
y como lo desea el director, y acabarás dándole un tremendo dolor de cabeza a
quien logre terminar la contemplación.
¡Ah! , sin olvidar los periodistas que tienen que
escribir a todo dar para informar a tiempo.
Viven, junto a los que trabajan en imprentan, con un titiritaqui,
enfermedad fobionervioexplosiva que me he inventado
para describir cuando he sufrido la desesperante situación de tener que hacer
una cosa con rapidez y contra mi gusto (cuestión del pasado paleolítico cuando
era homovisible), bueno es una variación del estress, sólo que de este tú estás consciente y no te
zafas.
En la universidad la velocidad cuenta para las nuevas
lumbreras del saber catedrático, porque estamos preparando a los jóvenes de
hoy para la competitividad del mañana, y así el aprendizaje toma un
matiz de tortura más que de placer. Se elimina el interés naturalmente. La
competencia mata también, pero eso es tema de otra valla.
Por supuesto, que la mayoría de las actividades que
realizamos a diario no dependen de nosotros, depende de la forma en que la
sociedad ha definido la manera de relacionarnos en términos de transporte, en
términos de trabajo, en términos de diversión.
La sociedad capitalista no tiene definido que el ser humano sea beneficiario
del producto de su trabajo, quiere esclavos que produzcan bienes para acumular,
para tener poder, para poder decidir. Lo poco que tiene el ser humano en esta
sociedad es el mínimo permitido. Eso
también es otra valla aunque no creo que pueda decir nada mejor de lo que ya
tantos marxistas han teorizado
-Mercader
9
abril MMV