EL
HIDALGO DON JOSÉ CESTERO
Donde se cuenta la
graciosa manera del hidalgo Don Cestero del Conde, y sus aventuras con sus
pinceles a
rastras.
Caminando por El Conde llegué hasta la
librería de Daniel. ¿No has visto a Cestero? – Sixto dijo que lo acababa de ver
en el restaurante del pato Donald donde él se siente
como en Nueva York.
Hasta allí fui; pero ya se había ido. Se tomó un cafecito
durante tres horas y saco pié, me dijo Tribilín que
atendía detrás del mostrador.
Pasé por el Palacio de
Me fui entonces hasta las Carreras con Independencia en
el abandonado edificio Mateco, frente el
cementerio. Subí las escaleras, la gente me saludaba con una sonrisa de
miedo pensando quizás que yo era algún agente de desalojo.
En la segunda planta estaba el atelier de
cestero. Nos saludamos como hermanos y me mostró una cantidad de recortes de
revistas de fotos de sus antiguas novias: Carolina de Mónaco, Raquel Welch, Gloria Swanson, Greta Garbo, Jane Fonda. Todas vienen regularmente a
verlo a Chavón siempre y cuando él no esté ocupado en
sus afanes de reconstruir la ciudad acudiendo solamente a su memoria.
Ya ha derrumbado, varias veces, el cenicero balaguerista del parque Independencia para reinstalar la
antigua glorieta y la más nostálgica de todas del país. Entonces me senté
en la silla del privilegio donde han posado todas las musas y ninfas
inmortalizada en sus obras.
Ya habían pasado por ahí el matrimonio Adolfini, Cantinflas, Fidelio...
Se sentó en su silla Norman-Rockwelliana
no sólo por las rueditas, sino por la antiguedad,
instaló una tela en blanco y sin base de unos 30 por 40 pulgadas, extendió su
mano hacia una lata de salsa Victorina donde estaban
sus pinceles pegados en el fondo.
Al tratar de elegir uno, se llevó la lata completa con
todos los pinceles. Con poco esfuerzo despegó del fondo el que quería,
exprimió varios colores en su paleta que pesaba una tonelada por las capas de
viejas pinturas secas.
En otra lata de leche Carnation
vació, desde una botella, un poco de trementina donde metió el pincel para
ablandarlo sin dejar un solo momento de conversar sobre los pintores que más
admira.
Yo, esperando, saqué mi pipa y con ojos llorosos de tanto
reirme oía sus aventuras al lado de Manet y sus desayunos sobre la yerba
próximo al Sena; de Pisarro y sus andanza con su
amigo Cezanne y los celos de Zola;
me comparó con el caricaturista Paul Steinberg de quien me contó varias anécdotas como aquella
de cuando vino al país en la era, hizo un dibujo de la isla envuelta en
alambres de púas y se tuvo que ir.
Sin dejar de hablar y sin mirarme, inició mi retrato sin
realizar el mínimo boceto ni usar el lápiz en los trazos iniciales.
Untaba el pincel en un color y lo dejaba en la tela con la misma naturalidad de
esas enfermeras que te ponen una inyección y ni siquieras
te das cuenta.
Creo que me senté más por sentarme que para posar porque
no me miró ni una sola vez. Oyéndole atento, no dejaba de pasear mis ojos
por cada rincón del taller, buscando en cada objeto e imágen
el apoyo gráfico de sus recuentos.
Mi camisa, un poco desabotonada por el calor, quedó
exactamente como era a pesar de no tener en su paleta el color limoncillo; mi
calva tuvo varios matices de turquesa rodeada por dos cachos que como antena
adornan mi cabeza.
En quince minutos la obra estuvo lista, viró el
caballete para enseñármela, me encantó por razones artística, no por ego.
Entonces retomó de nuevo los pinceles, la ceniza del
cigarrillo era ya mas larga que lo que quedaba por fumar y me dijo, sé que eres
un admirador de Frida, así es que te la voy a poner al lado.
Con sus cejas espesas, y su frente amplia apareció Frida
como angel guardián en una nube roja. Ahora
tomó una regla y le hizo un marco interno; abajo escribió una frase en letras
manuscritas con el mismo azul chorreando trementina; encerró sus iniciales JC
en un círculo a la izquierda y a la derecha 00, correspondiente al año
2000. Nos reímos, y fue cuando me regaló una escultura de madera de un
pie que hizo Goico y un libro: pasos, de Jerzy Kosinsky.
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De lo que sucedió
al ingenioso Don Cestero del Conde con la doncella Jane Fonda.
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Cestero dejó en su taller un montón de libros de pintura
y de literatura fina, se puso su armadura, agarró su pincel que le servía de
lanza y su paleta de escudo. Rocinante lo esperaba, amarrado en un
arbolito de navidad recién pintado de blanco de cal en la puerta del cementerio,
la misma que conduce hasta el barón. Cabalgó de nuevo hasta el
Conde donde lo aguardaba Carmen Rosa, que él llamaba Jane por su pollina a lo
Fonda. Dulcinea, llena de pintalabio y
colorete, perfumada y repleta de polvo de talco; al verlo se levantó la falda
de alegría para que todos vieran que desde que nació estaba destinada al
hidalgo de la alegre figura. ¿Qué te pasa mi amor? -Acabo de librar un
combate con más de veinte aspirante a síndico, con 48 candidatos a diputados y
39 candidatos a senadores. A todos los he vencido por ignorantes,
ambiciosos, demagogos y más que eso, por ensuciar nuestra noble Villa.
Don cestero bajó de Rocinante con su carga de afiches que había arrancado a los
postes de luz y los echó en la basura.
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De las andanzas
de Don Cestero con maese Montás por el Ozama contra la corriente
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Cuando Don Cestero arribó llovía. Ello no
impidió a maese Eugenio Pérez Montás de acudir a la
cita que los llevaría río arriba por el Ozama. Sin
soltar su paraguas subió a la barca lo que hizo también el hidalgo luego de
amarrar a Rocinante en la misma ceiba que Colón
amarró
Las villas de miserias que bordeaban el río acaparaba mas la atención que las nenúfares y lilas que boyaban
recreando los últimos óleos inmensos de Claude Monet allá por el 1925, un año antes de su muerte.
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De la jamás vista
ni oída aventura de Don Cestero frente a los molinos
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Al dejar la barca y reiniciar su cabalgata, Don Cestero
aguaitó los molinos e inmediatamente se preparó para atacarlos. Se
aproximaba a una alta velocidad que redujo bruscamente al percatarse de cerca
que estaban pintados por el maestro venezolano Cruz Diez, en un estilo cinético
próximo a Jesús Soto y Victor Vasareli
quienes eran admirados por nuestro Frank Almánzar. Esos murales hay que preservarlo pensó para
sí, son otros molinos los que hay que atacar. Pensó en el que estaba al
lado del obelisco macho que la gente se obstina en llamar Cultura, pensó en el
MAM, pensó en tantas bienales sin sentido, se rió en sus adentros de los
disparates y arroz con mango de los críticos y curadores, ¿ y
estaba enfermo?... El cansancio lo venció y se durmió sobre Rocinante que
lo llevó hasta el Linconl Road
para ocuparse de su ínsula.
Preguntóle Viriato si traía dinero; respondióle
don Cestero que no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias
de los pintores andantes que ninguno lo hubiese traído. Comió
y dejó como pago un dibujo del Quijote con fondo amarillo.
-Mercader
MMV