BIBLIAS para inmigrantes

 

Subí los escalones de la biblioteca de dos en dos, jamás tomo el ascensor, por razones físicas y por razones de claustrofobia.  Llegué hasta la sección de referencia, es decir los libros que no se prestan para llevar a la casa, sino para consultaciones in situ.  Mi carga contenía a Van Dongen, David Levine, Nueva Orleans  en fotografea, arte erótico japonés, Monet…  Me senté en uno de los escritorios tipo cubículos.  Cuando consulté lo que tenía que consultar se sentaron a mi lado Manara, Hugo Pratt, Sajtinac y Jules Pascin.  El primero me contó una linda historia donde aparecía una hermosa mujer vestida con un vestido de puntos azules de una pieza sin hombro, con un precioso sobrero de alas anchas.  La mujer, tan linda como Angélica Bella, la diosa del cine erótico italiano y tan sensual como su compatriota Anna Ammirati la actriz de Tinto Brass quien filmara Calígula; estaba completamente desnuda debajo de su vestido lo que se podía percibir de vez en cuando y con la complicidad de la brisa que indudablemente  disfrutaba tanto de acariciarla como nuestros ojos.  Mientras mas aparecía la mujer en la historia, más interesante se tornaba, sobre todo por las poses  de los trazos firmes y delicados.  Hugo a su turno contó el suyo de un toque magistral con altos contrastes blanco y negro y sin tonos medios.  Hacía un esfuerzo por entrar en la historia de Hugo  porque todavía saboreaba los capítulos de la Bella de Manara.  El silencio reinaba como si fuese Iglesia.  Oí en eso una discusión entre un tipo y uno de los empleados de la biblioteca, de esos que no permiten que le gente cuchichee, o que se ponga a correr. Después de ver los maravillosos dibujos de Sajtinac me concentré a oir a mi otro acompañante, el rumano Pascin.  Él tenía todas las modelos que quería.  Las ponía a posar desnudas por puro placer de contemplación y para darse ánimo porque en sus cuadros pintaba las figuras de memoria, con gestos rápidos sin llenar la tela, un poco al ‘’descuido’’ o como Cestero, metiendo el pincel en el diluyente y cambiando de color sin limpiarlo, para que deje rastros variados, me dijo. Me interrumpió de nuevo la discusión, intenté regresar a Manara y a Pascin pero el hondureño me interceptaba las imágenes que ya estaban siendo atacadas por otras de soldados construyendo una base militar en Barahona.   El tipo se me parecía al Omar Shariff del Dr. Zhivago por lo que deduje que debía ser  turco, libanés, o ruso.  Me acerqué para enterarme mejor.  Me interesan los problemas de los inmigrantes.  Omar Shariff en realidad era hondureño y le reclamaba a la bibliotecaria que las Biblias que ellos tenían no eran buenas, que la de Él (con mayúscula porque era el hijo del señor en carne propia) era la correcta.  La bibliotecaria no entendía ni yuca frita con pecao de lo que el hondureño le decía, supuestamente en inglés.  Pero él insistía, e insistía que le habían quitado párrafos y a otros los habían cambiado.  Ella lo miraba desde su silla por encima de los espejuelos cortados, de esos que sirven para leer nada mas, lo oía y le decía que no fue ella quien escribió la Biblia, que ella no tenía nada que ver con eso.  Fue entonces cuando ella, sin perder la paciencia, con una sonrisa de oreja a oreja, le dijo con la mano: uno, o sea , espérame un segundo  y se decide llamar al guardián, que dicho sea de paso tampoco escribió ninguna de las cinco Biblias que sobre la mesa del hondureño se encontraban patas abierta.   El guardián le decía amablemente que debía guardar silencio, Omar le enseñaba las páginas dobladas donde él creía había cambios.  Mire ud., aquí dice rollos y en la mía dice libros, quizás en esa época no había libros, sino rollos, le respondía el guardián en un inglés perfecto.  Que él debía hablar en susurro, que la gente leía, y Omar que Yes, Yes (sic).  Entonces le hablé al hondureño como a un hermano, se calmó y el guardián se retiró.  Le pregunté si era haitiano.  Abrió grande los ojos, como cuando el Dr. Zhivago se monta en el tren y se detiene en la puerta para mirar atrás. No, soy hondureño, pero me alegra que haya ganado Preval, él lee la Biblia, me aseguró.  Me explicaba que en realidad vivía en Toronto; pero que tuvo un problema allá, mientras paleaba la nieve en un sitio , entró en conflicto con cinco personas, por no se qué razón y le entró a palazos a los cinco, y fue a parar a la cárcel .  Suelto bajo condición, se vio sin un centavo por lo que se dedicó a predicar la palabra del señor.  Pero algo le dijo que Québec era Jerusalén y entonces vino a parar hasta aquí.  Me pidió que le tradujera unos versos al francés que luego utilizaría para recaudar fondo y así comer. 

todo el que predica  la palabra de Dios tiene derecho a la comida y al techo me explicaba, convencido que trabajaba en la buena línea. Yo pensé en el papa, en los cardenales y pastores evangélicos y moví la cabeza de arriba abajo.  La gente que pasa por ahí está obligada a darle dinero porque él contribuye a su salvación mostrándoles en su lengua, la palabra divina. Las frases traducidas decían en francés,

-         proletarios del mundo uníos,  Malaquías. Sal 56.8

-         Un mundo mejor es posible sin guerra.  Isaías Cr 16.31

-         Soy el Dr. Zhivago, estoy en mala, denme algo para comer.  Jeremías Am3.4

La gorra no tardó en rebosarse, sonreí con los lagrimones y regresé a donde Bella  y  Pascin con sus modelos.

 

Mercader

24 febrero MMVI